El diseño y la realidad

Javier Gonzalez Solas

por Javier González Solas

Se pueden considerar al menos dos realidades de la profesión: la de la producción material y la de las condiciones de esa producción. La primera reduce el diseño a un papel instrumental. La segunda lo sitúa en una perspectiva política.

En el mismo día en que me llega una notificación de la organización de la BID (Bienal Iberoamericana de Diseño), leo —con retraso— un artículo de Raúl Belluccia en FOROALFA, y alguien me dice que lo que se enseña en la universidad no tiene que ver con la realidad de la vida. Con todo mi apoyo a una iniciativa en principio prometedora, con todo respeto al autor, y con la mejor receptividad para opiniones provenientes unas veces de un simple sentido común y otras de meros clichés, pienso que en los tres casos se trata de manifestaciones de superficie sobre cuyo origen vale la pena hacerse alguna pregunta.

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El carácter retórico del diseño gráfico

Luis Antonio Rivera Diaz
Por Antonio Rivera

El diseño gráfico es un quehacer retórico porque afronta problemas que requieren el hallazgo de argumentos persuasivos dispuestos y expresados a través de tropos o figuras retóricas.

Los problemas que afronta el diseñador tienen como característica esencial su indeterminación. Comprender esta circunstancia es una condición necesaria para aquéllos que nos interesamos en proponer modelos educativos para la enseñanza superior del diseño gráfico. Los problemas indeterminados no pueden resolverse de manera apriorística, porque cada uno tiene un alto grado de especificidad y por ende, la comprensión de dicha especificidad está vinculada directamente con la estrategia a seguir para su solución. Por lo anterior, quien afronta un problema indeterminado no puede proceder deductivamente.

Los problemas de diseño gráfico son indeterminados: cada caso emerge de clientes o demandantes de diseño que entre sí poseen intenciones diferenciadas, e igualmente los auditorios o destinatarios de cada mensaje son distintos; lo mismo sucede con los contextos en los que se desarrolla y se desarrollará la comunicación, éstos varían muchas veces de manera significativa de un problema a otro. Analizando el ejercicio profesional del diseño gráfico se puede constatar lo anterior. Un mismo diseñador puede enfrentar problemas tan variados como el diseño de la imagen y el manual corporativo de una empresa transnacional o el diseño de un libro sobre el oficio de anticuario.

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Puro diseño

Andrés Muglia

por Andrés Muglia

Cuando el diseño se interpone entre nosotros y la felicidad.

Los mass media, las revistas de toda índole y dirigidas a los más diversos públicos, el cine, el video, Internet; se ven inmersos, atravesados, por medio de esa influencia tan poderosa en el diseño contemporáneo como es la moda, de una serie de significantes carentes de mensaje (y por tanto intercambiables y renovables) que configuran, en un horizonte sobreabundante en formas, las imágenes siempre seductoras del diseño posmoderno. Estamos viviendo a pleno el diseño posmoderno, de eso ya no caben dudas. La silueta de este diseño actual, sus formas y sus concepciones no siempre comprometidas, como antaño, con la «función», invitan a veces, como los ritmos hipnóticos y pegadizos del corso, a que uno mueva el pie al ritmo que le dicta estos comparsas prestidigitadores de lo visual.

Sin embargo, y a pesar de que en algunas ocasiones uno se deja llevar de forma hedonista (a todos nos gusta gozar) por esta explosión visual detrás de la que a veces no existe mayor: contenido, pensamiento, teoría; y que de algún modo se relaciona con la plástica, detrás de la que sí (no siempre) encontramos contenido, pensamiento, teoría. A pesar de esto y de ya nuestras mentes estar adaptadas (bombardeo mediático-visual mediante) a decodificar mensajes plagados de interferencias de toda índole; a veces, algunas veces, muchas veces, extrañamos no ya un rigor (que suena a botas lustradas, a reglas y a enemas) sino un resabio raquítico de, por llamarlo de alguna manera lo suficientemente polisémica (¡!), sentido común.

La moderna tecnología ha posibilitado (bomba de agua mediante) que nuestras duchas no carezcan, como las de nuestra infancia que dependían de la presión de la red comunitaria, de la potencia que hace de una mera lluvia artificial un antídoto contra los males del alma. Hoy giramos la fría llave y disfrutamos de un chorro de agua vehemente, viril, relajante y reparador. Si es invierno, éste se verá acompañado de la consecuente nube de vapor, que dará a esta escena plagada de los escalofríos de un cuerpo sometido a un cambio abrupto de temperatura, ribetes oníricos. En medio de esta tempestad de placer, de este agua que se filtra secreta e irreverente por nuestros recodos más íntimos y recónditos, deberemos, una vez superado el primer momento de retozar puro debajo del agua, acicalarnos.

Aquí y más que nunca, aunque inesperadamente tal vez (sobre todo para el lector) se presenta un repetido inconveniente de diseño. El buen cristiano, el hombre de juicio, comienza a bañarse por la cabeza; esto es un axioma que subvertido pone en riesgo, estamos casi seguros de ello (de ser ciertas las teorías holísticas), el equilibrio todo del universo. Buscaremos entre la bruma el preciado shampoo que nos ayude a este menester y aquí, en este medio húmedo y vaporoso que conspira contra nuestra mirada, nos encontraremos ante la visión de dos gemelos envases, que como siameses idénticos e inquietantes esperan nuestra decisión. No hay pistas que nos delaten cuál es el shampoo y cuál la crema de enjuague. Para colmo nuestra amante esposa, mareada tal vez por las insistentes pantallas que en las góndolas del supermarket le insisten que compre tal o cual cosa, decide predeciblemente comprar el combo que garantiza un «tratamiento» completo a base de nuez de cajú y que promete además revitalizar nuestro cuero cabelludo y quizás, en una velada alusión, aumentar nuestra libido.

Un eterno segundo de espera, que recuerda a cowboys con las piernas separadas y las manos en la empuñadura de los revólveres en los dos extremos opuestos de la calle principal de un pueblo olvidado (una mata de pasto pasa rodando entre ellos), se solidifica entre nosotros y estos dos envases gemelos. Los estudiamos, conscientes de que la energía que gastemos en levantar el equivocado no volverá jamás, y que asesinaremos así un preciado segundo de nuestras vidas en tamaña nimiedad; pero los envases nada nos dicen, porfiados en su mutismo. Dos idénticas e inalcanzables morochas nos miran sonrientes y letales como Judith. Sobre ellas letras rojas y doradas sobre fondo turquesa nos aseguran que este brebaje nos dará los rulos más rotundos y brillantes de la historia de la humanidad. Más abajo la representación de cierta raíz oriental que recuerda a la germinación del poroto entre dos algodones húmedos, rechaza nuevamente nuestra mirada. Miles de firuletes multicolores y letritas que nada aclaran eluden nuevamente lo que buscamos.

Lo sé, estoy perdido de antemano, las cartas están ya echadas. Sé que el diseñador colocó lo más importante de los dos envases (la indicación de si se trata de shampoo o crema de enjuague), en letra demi de cuerpo ocho color celeste oscuro sobre fondo azul claro. Sé que nunca podré diferenciar los dos envases. Me remito al azar, extiendo la mano, resignado. Murphy tenía toda la razón, escojo el equivocado.

Como renegando de la férrea mano del destino y sus tragos amargos, dejando de lado cientos de años de ascendientes que llenan mi genealogía y que jamás condescendieron a utilizar en sus recios y pardos cabellos un cosmético tan femenino como de difusos cometidos; me lavo la cabeza con crema de enjuague; tendré el pelo sucio pero la conciencia tranquila. Gracias señor diseñador. Gracias por las letritas chiquititititititititititititititas.

Estas y otras escenas repetidas de la vida diaria nos dan la pauta de que en el diseño no está, ni mucho menos, todo sabido. Que a veces, profesionales e idóneos (los dos por igual) se dejan llevar por quién sabe qué ideas seductoras ¿publicitarias? ¿efectistas? dejando de lado la más pura lógica (la más esencial) (la que no necesita de grandes teorías ni profundas consideraciones) la del sentido común. Mientras esto ocurra podremos seguir remando por lo que consideramos correcto sin temor a pensar que hay cosas ya sabidas (así sean las más esenciales) en el diseño visual, y que nuestro esfuerzo es vano. A ver muchachos si ponemos un poco más de coco y menos de firuletes (¡condescendiente!). Sin llegar al frío racionalismo (100% coco), ni al sensual posmodernismo (100% firulete). El que logre la síntesis se lleva la palma. Seguimos esperando.

Fuente: Foro Alfa

Realidad de «reality»

Pau de Riba

por Pau de Riba

Echando de menos la autenticidad pre-marqueting, hemos creado una estética de tradición y artesanía igualmente artificial.

Nunca ha existido una panadería tan auténticamente rústica como las panaderías rústicas que aparecen en nuestras ciudades cosmopolitas. El pan nunca había sido tan auténticamente artesanal como el producido industrialmente por las franquicias panaderas. Las grietas en su corteza están perfectamente colocadas, su irregularidad es impecable, esculpida en el mejor software de diseño 3D. A veces hasta me parece adivinar las huellas del artesano entre la harina escenográfica que las cubre.

Pero éstas panaderías no han existido nunca. A partir de ciertos elementos históricos, nuestra sociedad sobresaltada en su carrera hacia la modernidad ha imaginado un pasado idílico donde los panaderos tienen el pelo blanco de la sabiduría y la sonrisa de una vida sin estrés. Y aunque la realidad histórica nos mostraría un pelo grasiento sin champús de almendra y una vida de riesgo sin seguridad social… ¿no es más agradable la recreación que la realidad?

Jean Baudrillard y la «hiperrealidad»

El pasado verano me ha dado la ocasión de descubrir el ensayo «La precesión de los simulacros» de Jean Baudrillard, y me sacudió ver con qué acierto intuye en 1978 algunos fenómenos que hoy se encuentran en su máximo esplendor. Baudrillard acuñó el término «hiperrealidad» que definió como «La simulación de algo que nunca existió realmente», una imitación que llega a emanciparse de la realidad que imitaba para superarla y reemplazarla.

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El séptimo mandamiento

Erik Spiekermann

por Erik Spiekermann

El homenaje, el robo y el hurto de autoría, tienen fronteras desdibujadas en la práctica del diseño.

Recientemente entraron ladrones dos veces en nuestra oficina. Sorpresivamente, no se robaron nada, al menos nada que pudiéramos notar. No tenemos idea de si se llevaron secretamente algún dato del servidor o si copiaron ideas de los informes y notas pegadas en las paredes. Pero si fuera el caso, ¿cómo medir esa clase de daño para informar a la compañía de seguros?

Puede resultar halagador toparse proyectos de diseño que ha sido influenciados por el propio trabajo. El problema es que hay una línea muy delgada en nuestra actividad entre copiar, adaptar, imitar, o solamente inspirarse. Y, admitámoslo: es raro que un proyecto requiera de una invención, porque la mayoría de los clientes se sienten más cómodos con algo ya probado.

En ocasiones los ladrones se entregan a si mismos sin darse cuenta. He visto montones de portfolios en los que alguien se atribuye la autoría sin justificación. Los grandes proyectos siempre implican a más de un diseñador. Muchas veces se ve involucrados otros participantes, sean programadores, tipógrafos, administradores de proyectos o colaboradores de todo tipo. Y todos ellos pueden atribuirse una parte del proyecto. Pero eso no significa cada uno de ellos solos sea «el diseñador».

Cuando muestro un proyecto hablo de «nosotros». Y me siento orgulloso al escuchar a alguien referirse al trabajo que hicimos juntos, en la medida en que lo que digan sea verdad. Debería ser tan sencillo como: mostrar el proyecto, explicar cuál fue tu trabajo y dar crédito a la agencia o estudio para el que trabajabas en ese momento, sea como empleado o en forma freelance. No hay que olvidar que los clientes potenciales y los empleadores saben que es muy fácil copiar y pegar un portfolio completo.

Lo que más me sorprende es la estupidez: me han mostrado proyectos en los que yo trabajé y ellos no, y me han mostrado trabajos que incluyen versiones de fuentes tipográficas que jamás estuvieron a la venta. Y aunque no me envíen los portfolios directamente a mi, de todos modos los veo al evaluar concursos o al visitar estudios amigos. Este es un negocio pequeño. Y hablamos sobre los postulantes a puestos laborales.

Atribuirse el trabajo de otro no es picardía sino hurto. Y no ser claro respecto a la autoría exacta en forma deliberada, no es modestia sino deshonestidad. Lo que hacemos es propiedad intelectual. Y quitarle éso a un diseñador no es un halago por imitación sino un crimen.

Fuente: Foro Alfa

Huérfanos de Jan Tschichold

por Miguel Catopodis

El giro en la carrera de uno de los tipógrafos emblemáticos del siglo XX y una oportuna reflexión sobre la actividad tipográfica de hoy.
¿Porque recordar a Jan Tschichold hoy? Este texto no busca rendir un homenaje al destacado tipógrafo de Leipzig (1902-1974), quien por otra parte tampoco necesita ser reivindicado. En todo caso, intentaremos una reflexión sobre el giro de su carrera y cierta huella que, en el marco tipográfico local y su enseñanza, dejó su legado. En este sentido también sería oportuno destacar el crecimiento de la producción tipográfica regional. No obstante, coexiste una visión reticente sobre este fenómeno, que no sólo da continuidad a paradigmas anacrónicos, sino que también duda de la dinámica innovadora del diseño tipográfico, fruto de una relación dialéctica entre tradición y novedad. La Tipografía, en el marco del desarrollo de la escritura, desde sus mismos orígenes, apeló a múltiples y cambiantes tecnologías. Es un fenómeno cultural ligado a su tiempo, a su sociedad.

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El diseño gráfico en su techo de calidad

por Raúl Belluccia

Una reflexión sobre la existencia de ejemplos de alta calidad en todo tipo de mensaje diseñado, y la dificultad de superarlos.

Ya se han diseñado mensajes de todo tipo

Los diseñadores gráficos son, y han sido, convocados por comitentes de toda clase y tamaño para que les diseñen una cantidad vastísima y muy variada de mensajes. Hacer la lista completa de los casos de diseño gráfico realizados hasta el presente sería una tarea gigante (e inútil).

Pero, aunque el número de mensajes diseñados es enorme, puede hacerse una clasificación en grandes grupos según sea su soporte o tipo de pieza (afiche, página web, revista, libro, señal vial, folleto, logotipo, tarjeta personal, planilla, mapas, envases, etc.).

Y dentro de esas grandes divisiones es posible identificar subtipos o subgrupos bastante estables y conocidos por su contenido, estilo o finalidad entre otras características: libro infantil, libro de arte, enciclopedia; afiche de denuncia social, afiche de cine, afiche de propaganda electoral; envase de productos tóxicos, envase de golosinas, envase de perfumes; página web de empresa industrial, página web de periódicos; folleto institucional de empresa, folleto promocional de producto, folleto de educación pública, etc. etc. etc.

Después de sus más de cien años de historia, el diseño gráfico ha sido requerido para participar en la programación y definición formal de todos los tipos de mensajes sociales que lo han necesitado para mejorar su rendimiento (el rendimiento de los mensajes). Debe aclararse que no todos los mensajes que circulan socialmente requieren de la intervención de los diseñadores, pero esto es harina de otro costal.

Es decir que hoy en día no se puede encontrar un pedido o encargo de diseño totalmente novedoso, que no tenga antecedentes similares diseñados con anterioridad; ya nadie diseña por primera vez un tipo o clase de mensaje.
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Diseño, contexto y significado


Marco Dopico Castro

por Marcos Dopico Castro

En este contexto globalizado, el diseño no puede continuar insistiendo en la validez de la propuesta posmoderna de arraigo al lugar y a sus simbolismos asociados y debe buscar soluciones a un nuevo modo de ocupar el espacio.

Aún a riesgo de ofrecer una visión excesivamente polarizada, parece evidente que el significado del entorno y las relaciones que el hombre establece con su contexto han permitido crear tipologías de diseño identificables. Bajo este enfoque, las diferencias entre el concepto de «espacio» y el de «lugar» son particularmente notables. El diseño establece un sentido pleno de su existencia, bien aferrándose a un enclave local, a su historia y a su identidad, o bien a una visión conscientemente «desarraigada» en la que los problemas planteados, sus técnicas de resolución y los medios de realización son universales. Mientras el «lugar» se define antropológicamente por el sentido de las actividades y experiencias subjetivas que ocurren en él, el «espacio» es un concepto más objetivo, una geografía donde construir y experimentar el volumen y la forma sin apegos sentimentales.

A grandes rasgos el diseño de referencias contextuales explora simbolismos que se materializan en elementos singulares, formas vernaculares o citas históricas. Posee además una innata preferencia por el valor de lo exclusivo y lo fugaz como señas de identidad. Por contra, en el diseño «universal» las afinidades de carácter afectivo con el lugar concreto son cuestiones que normalmente distorsionan la forma y el resultado final. Las únicas concesiones telúricas serán aquellas que tienen que ver con la problemática climática, topográfica, o particularidades irrenunciables que condicionarán las formas resultantes. La participación de los sentidos en el concepto de espacio se centra más en la interpretación sensorial de estas formas que en asuntos de la memoria, alegóricos o divinos. Sus formas se identifican a menudo con la regularidad, lo modular, la estandarización y en general con todo aquello que propicie la idea de deslocalización y universalidad. La sensación inmediata que generan las cualidades físicas del objeto son más importantes que la búsqueda de significados simbólicos ocultos. Su relación con el hombre descansa en las cualidades que definen al propio objeto frente al entorno y en el valor de uso que éste genera, sin referencias ajenas al propio diseño.

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Arquitectura a-lugar

por Vladimiro Cruz

El espacio arquitectónico expresa y registra las costumbres y hábitos de la sociedad que lo demanda.

«Frampton sugiere en la arquitectura la posibilidad de ser universales y específicos al mismo tiempo, como respuesta a la condición contemporánea, lo que indica un mayor entendimiento del problema cultural». Arq. Alberto Saldarriaga Roa

En la Arquitectura es donde la cultura se manifiesta como una síntesis del acontecer del hombre y la sociedad; de sus organizaciones, relaciones y jerarquías registradas en su espacialidad; de la ciencia y la tecnología con sus logros y avances, proponiendo —supuestamente— sistemas constructivos progresivamente más eficientes. Es también el lugar de la poesía, donde las formas buscan expresar sus valores, principios y creencias que la rigen. La arquitectura como arte es un contenedor de cultura, es la materialización de lo mejor o peor de sus evidencias, el ritual de sus aquelarres, la evidencia de sus fortalezas y debilidades, de sus aciertos y contradicciones; de su pantomima (entendida como «la representación por figura y gestos sin que intervengan palabras») construida a partir de sus propios signos y símbolos que conformar un sistema, un lenguaje que permite transmitir sus contenidos cuando se esta atento a sus intenciones.

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